Sus gráciles dedos empapados de blancura se enredan en sus largos y frágiles cabellos negros, mientras que por el rabillo de su ojo esmeralda, el broche bañado en oro que adorna el camisolín, derrocha total hermosura por los halos de luz centelleantes que dispara a quema ropa a tus sentidos más racionales y los convierte en vivas llamas pasionales que sólo podrás apagar con el dulce néctar del mejor escondite de su cuerpo.
-¿Quién desaprovecha tales encantos de mujer y evita sucumbir a ese plazo de locura que te ofrece su excitación? ¿Quién en su sano juicio evitaría bendecir el propio tacto al acariciar tal cobertura aterciopelada?- Con suave violencia la engulles entre besos y abrazos que sabe que en realidad no le pertenecen, y lo más simple se vuelve complicado. ¿Cuántas camas ha transitado probando licores que no se han hecho para sus labios? Pero ya se han aventurado en ella las montañas más profundas, los hilos más suaves de tu manojo innumerable de deseos carnales, bajo la desesperación por acabar tibia la aventura más explosiva de tu sexo. Y una vez más la noche cae fructífera bajo las sábanas más blancas de las casas más puritanas -ni para qué mencionar las demás-, como si fuera un llamado al lado más salvaje de tu ser, pero ahora está sola ahí, sentada sobre colchas a las que sabes quisiera no pertenecer, deseosa que llegue el amanecer y poder saborear otra vez su lado maquillado de mujer.

Simplemente increíble tu capacidad de redacción a esa edad, Hermoso!
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