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domingo, 14 de febrero de 2016

Ella

Nunca tuve el placer de saber explayarme con palabras sobre lo que me gusta, sobre la pasión que invade y hace que se regocije mi alma. Esas cosa que suceden sin advertencia pero que de alguna forma son esperadas y, para nuestra afortunada sorpresa, se graban en el alma sin mayores formalidades, sin ceremonia y pocas son las veces que las sabemos proyectar, disfrutar como tales.

A diario escuchamos más historias sobre tragedias que acciones nobles. Pareciese que no existen las que puedan dar esperanzas en el amor, la honestidad y, sobretodo, en la humanidad. No todas son almas atadas a la soledad, aturdidas de silencios, amargadas por el dolor. 

Quisiera que te conocieran como sólo ante mi te mostrás, que vieran tu alma despojada de casi toda barrera que pudiera llegar a rodearla, a bloquear ese precioso brillo que sólo a vos te pertenece y del cual me has dado el honor de compartir. Tan sólo quisiera que vieran a la niña tan traviesa que habita en lo profundo, ¡pero ni hablar de la mujer! Es de las que son fortaleza por donde las veas, de las que ama únicamente a una persona, sin talla ni envoltura, pero también de las que les cuesta dejarse amar. Ella se enamora del alma. No se queja, levanta la cabeza y vuelve a empuñar la espada, construyendo, reparando. Qué puedo decir de su calidez... No la niega tanto como lo hace parecer y se ha convertido en una mujer blanda de corazón. Es amor y paciencia. La amo y quiero protegerla, no deseo verla herida, pero si lo llegase a estar, quiero su herida curar, pues su sonrisa es mi escudo. Aunque se caiga el mundo, se  derrumben a mi alrededor los muros, la veo sonreír y es suficiente para mi. Apenas siento que los escombros me tocan. De ella cual edén, brotan de sus huesos las raíces, de su carne surgen pimpollos que atraviesan su piel trigueña y, de ella, emana el aroma que perfuma la mía. La amo y mi corazón lo sabe, me vibra el alma, me llena. Y la amo.



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