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sábado, 4 de julio de 2015

Minicuento

Sólo no se siente como una prisión, sino que aparte, lo es. Parece que cada vez se va encogiendo a mi alrededor, y me sofoca, ahoga mi alma, pero nadie me escucha, es como una cabina de radio: anti sonora. Las sombras de nadie que se reflejan en las paredes de este cuarto, parecen enredarme el alma una vez más -¿hasta cuándo?-, clavan profundamente sus espinas y lloran mientras me ven agonizar. 

Arden mis cabellos, duelen mis ojos, está reseca mi garganta, es demasiada oscuridad. La presión sube a mi cabeza y me comprime, tal como este encierro a mi alma. Tengo mis manos heladas, tanto que el invierno corre a refugiarse al lado del fuego al tocarme; y mis pies, mis pies están sucios. Las risas hacen que me duelan los oídos, que me ardan los labios, que envejezca embriagado en recuerdos mi corazón. 

Desde que soy cautiva del rey Salomón, sólo oigo festejos, y eso, lija mi corazón. Aunque he recogido los retazos que aún brillaban al caer, también he perdido muchos en la densa oscuridad. Soy consciente de que no puedo volver a reconstruirlo, pero no pierdo las esperanzas de que alguien patee esa puerta de maderas podridas. Podría hacerlo por mi misma, pero se me fue la fuerza de mis manos y ahora se me escapa la vida.

He reclamado y me han callado, he gritado y nadie me ha escuchado, he llorado y nadie me ha compadecido. Si la mayor parte en mi ya se ha derrumbado, demosle paso a que se haga su total voluntad.

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