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viernes, 22 de mayo de 2015

Lamento

Te acurrucas indefensa y cansada contra los barrotes que por mucho tiempo han sido tus carceleros, por fin vas a ser libre tras nunca conocer lo que es sobrevolar el cielo. Observo tu cubierta desalineada, como si estuvieras protegiéndote del frío para poder dormir. Te ves tan tranquila, como las noches de sueño que te he interrumpido encendiendo la luz, pero esta vez no te molesta y gritas como si te hayan sacudido tu cárcel, por el contrario, sólo abrís unos momentos tus ojos y
van cayendo aquellos, tus parpados grisáceos lenta y pesadamente, cerrando de a poco tus pequeñas negruras abismales.

¿A quién mimaré ahora sobre mi hombro y le daré de comer de mi boca? ¿A quién si no sos vos?


De a poco se me va quebrando la voz y sede la dureza de mi rostro ante tu padecimiento. Quisiera alzarte en mis manos y darte un lecho de muerte digno, pero ¿quién soy yo para lamentarme ahora cuando ya es tarde? Hubiese deseado ser de otra manera y quererte más, cuidarte más, protegerte más, darte la libertad que siempre mereciste. Qué hipócrita de mi parte hacerme de tal semblanza de dolor, cuando poco y nada velé por la tuya. Las cosas ya no se pueden rebobinar.

Vaya idea estúpida la del ser humano cuando cree que la eternidad se aplica para la inocencia de algún ser como el tuyo. Sólo me queda aferrarme a las lágrimas de un hipócrita dolor que no me merezco sentir, pues fui la que menos vio por vos.

Sólo deseo que ya no este aprisionada tu alma, que halles más amor del que escasamente te proporcioné. Deseo con todo lo que soy, que te dirijas a un lugar en donde puedas extender tus alas con libertad y paz.


Tal vez, algún día nos volveremos a ver y te posaras en mi hombro mientras te doy de comer.

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