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sábado, 17 de agosto de 2019

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En el bloque treinta y dos, las cabezas ruedan entre la penumbre. ¿Cuánto más hondo tendremos que estar para crecer unos centímetros?

La tenue luz que entre por los orificios del cielo raso, deja entre ver la pálida piel que ansía la finura de su calidez. Sólo otras piezas frías de ajedrez.

Pasan las horas y el timbrazo hace temblar el cubículo. Pues pelota con la que jugar, firma la esperada sentencia. El ambiente no tiembla. ¿Qué ser se bufará, al fin, de la dulce espera?

Con la cabeza en alto, marchan los soldados arrastrando la gran bendición, depositándola en algún rincón.

Aunque la cabeza agachen, no se les cae la corona, reyes de la nada.

Ofrecimiento no se oye, pasos no se dan, sólo con un movimiento de dedos y alguien empieza a caminar. La oposición no obtiene lugar, por la fuerza o el cansancio, siempre se aprende a callar.

Escrito en papiro, pergamino o en papel, desde tiempos inmemoriales o ya sea que no se haya registrado nada, el destino es un cruel enemigo y pobre de aquel quien crea poseerse en este lugar.

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